Es una práctica muy habitual que sin embargo entraña sus riesgos y sobre todo, no está exenta de algún que otro dilema ético y casi moral. Nos estamos referiendo a la posibilidad que ofrecen las salas de chat o los programas de mensajería instantánea de mostrar otra personalidad, otra forma de ser y sobre todo, otro género, cabiendo la opción en muchos casos de hacerse pasar por alguien del sexo contrario.
Esto, que podría no pasar de ser un divertimento puntual, adquiere unos tintes más serios cuando el engaño tiene un fin, ya sea la burla de una persona en concreto o la utilización de esa personalidad para sacarle algo que con nuestra identidad real no podríamos conseguir.
La lista de “trucos” utilizados para descubrir una infidelidad, por ejemplo, están muy presentes en el chat. Del mismo modo, se puede utilizar esta “doble” personalidad para obtener un secreto o incluso información que amparados en el anonimato y en la falta de “realidad” que a veces puede vestir un chat, puede ser accesible mediante esta apropiación de la personalidad.
Es por ello por lo que siempre debería tenderse a utilizar el chat como una extensión de la vida propia y no buscar su utilización para fines cuestionables. Al final, además de la persona en cuestión, es la propia actividad de chatear la que sufre las consecuencias de un uso discutible y discutido.