Para los detractores del chat, este se trata de un medio frío que cuenta con la posibilidad de desconectar en cualquier momento de una conversación. Esto, que en la vida real es bastante más complejo (a no ser que uno desafie a todas las leyes de la educación y salga corriendo en mitad de una charla), es para muchos lo que diferencia el chat de la “vida real”, la capacidad de no trascender más allá de la pantalla.
Sin embargo, y pese a que visto desde fuera podría pensarse que es así, basta con unas cuantas sesiones de chat, unas cuentas conversaciones para comprender que, en efecto, todo transcurre a través de una pantalla pero, al mismo tiempo, muchas de las palabras y situaciones vividas allí alcanzan una trascedencia que va mucho más allá del mero monitor.
A fin de cuentas, pese a que nosotros veamos letras y colores, al otro lado de la pantalla hay personas e incluso al lado nuestro hay un ser humano, que siente, padece, ríe y sufre.¿Quién no ha sentido impotencia tremenda en el chat ante una discusión? ¿Quién no ha llenado su cabeza durante horas después de terminar una conversación ante lo allí contado? Mil cosas, mil situaciones que vividas en el chat, luego permanecen en nuestra cabeza, más allá de la sesión de chat.
Del mismo modo, el chat, o los programas tipo Messenger, también sirven para vivir situaciones alegres y sufrir, cómo no, situaciones tensas, incómodas, en ocasiones camufladas por la sencillez de el “no dar la cara” y en otras, perjudicadas por ello.
En realidad, sirva estas líneas como invitación a todos aquellos que critican sin probar, y como solidaridad para todos aquellos que mientras leen, están dando vueltas a una conversación de chat, a una persona que han de encontrar (o evitar) en el chat…